Qué fácil para ti ser recta;
fina, elegante, eterna,
y qué condena para mí ser curva;
de trazos difusos, casi invisible.








Te busco, y si no te encuentro desaparezco,
y si te invento me pierdo en ti y en tu magia,
que tú tienes largo rato de eso,
y si te pido un beso,
me das teoremas (que casi ni entiendo).

Porque tú tan de dos en dos: veinte, veintidós, veinticuatro,
y yo tan de uno en uno hacia delante, dos para los lados
y para atrás cuatro,
en forzada lentitud hacia las entrañas,
a converger en algún punto muy cerca de la nada,
o a olvidarme en los complejos, mis complejos;
que dicen que realmente somos impares y pares
y cada cual vamos a un lugar distinto,
que no te lograré tocar,
ni aunque pase un infinito, o dos.

Y si eso pasa
me partiré por cero sin pensarlo,
violando y destruyendo el mundo que nos da forma,
el único mundo en el que creo,
así, si te vas al infinito,
yo,
te voy a esperar en el cero.



De todas las cosas que hay en este mundo, creo,
y digo creo porque afirmar es una cosa muy fea,
que la más complicada es escribir unos versos,
que nos maltratan en cada punto, en cada línea,
siendo derrotados hasta tres veces por ellos.

Cuando coges el folio blanco ya has perdido una vez.
Lo tomas, lo miras, te enfrentas a él.
Y ahora dime tú cómo demonios te meto aquí,
cómo encerrarte entre cuatro márgenes, si no se puede,
si a la primera palabra del texto,
ya está tu nombre por las paredes,
y mis dedos temblando tratando de acorralarte.

En el entremés de darle forma, una segunda derrota.
¿cómo va a saber alguien más que tú,
que por una línea que le escribes,
son cuatro las que le borras?
O aceptar que la idea que te sentó en la mesa,
y te hizo desenvainar tu mejor pluma
para lidiar con este poema,
ahora se resiste a terminar el desastre,
sin entender aún cómo después de desatarte,
tiene la cara de ser tan estrecha.

Y para qué hablar de cuando te encuentras con el punto y final.
Cuando lloras, cuando tienes que cerrar
otra herida que has abierto en tu piel para
sacar estos versos que parecen de magia
y que siempre gotean, recordándote en cada página,
que no has escrito lo que quisieras,
que tras tanta sangre, lucha y tregua,
has acabado teniendo que morderte la lengua,
y dejar entonces de escribir, cuando corazón, dedos y alma,
te piden que sigas con tanta fuerza,
quedando frustrado por tu escasa voluntad,
quedando insatisfecho con la verdad callada.

Pero justamente eso nos hace guardar algo de ganas
para volver a pelear y perder contra el verso y el drama,
pues algún día despertaremos y habremos ganado a la vida,
pero hasta entonces, más nos vale tener poesía.



Por querer ser matemático
puse mi colchón a la asíntota de tus tobillos,
para llegar al infinito y aún dormir contigo,
para poder tenerte cerca, tan cerca como quiera.

Por querer ser matemático
vivo perdido en el baile de tus tangentes,
buscando en la 'x' la caricia de la tarde del jueves,
siguiendo la 'y' hasta donde la vida nos deja.

Por querer ser matemático, que no es poco,
la dejo pasar entre los vaivenes de tus cosenos (¡y de tus senos!),
mientras trato de unir innumerables puntos en tus relieves
para guiarme con ellos al interior de tus sueños.

Y es que por querer ser matemático,
he viajado a los límites de tu cuerpo sin usar para ello el tacto;
desde la exponencial de tu sonrisa,
hasta el logaritmo de tus peinados.

Que por querer lo imposible de querer ser matemático
tengo el alma vacía de números que a duras penas
pueden hacerte nada:
un diez, un quince, un cuatro,
y un mil y un besos que te daría,
si no quisiera ser matemático.



Juan es un hombre medianamente alto. Mochila a cuestas, carpeta amplia en mano, camina bajo los olmos y los cerezos del camino que enlaza su apartamento y su facultad de bellas artes. A su paso quisiera dibujar hasta el canto de los pajarillos, cosa que no sería del todo imposible, pues de él se dice que tiene un don para pintar.


Avanza con paso firme pero tranquilo, contemplando todo paisaje a su alrededor y plasmándolo casi inmediatamente en el lienzo de su cabeza; una sombra por aquí, un tono anaranjado por allá, y horas más tarde la cotidiana escena era eternizada en la bellísima armonía de las trazas de su pincel o de sus lápices.

Los acordeones y los violines iluminan sus mañanas, es la banda sonora de su vida y la aprecia más que al papel blanco. Nunca olvida al salir algunas monedas para repartir entre los músicos que encuentra por el bulevar, siempre acompañadas de “¡No dejes de colorear el mundo con tu acordeón!”, y también entre los mendigos, según él, para que puedan un día comprarse un violín.
Una vez acabado el amistoso viaje, llegaba a su clase, siempre diez o quince minutos antes, pues había un pupitre que era más suyo que de la institución regente, al que guardaba un cariño tan especial que no consentía que nadie se adelantase. Todos tenemos nuestros caprichos. 

Durante las horas recibidas reformaba su técnica, adquiría nuevos puntos de vista y por supuesto disfrutaba, disfrutaba metiéndose en el boceto, siendo el difuminado trazo de su carboncillo que vaga sutilmente por las rugosidades de sus láminas. 

Cuando las dos en punto llegaban, Juan salía con una fuerte inspiración de su universo, momento marcado también por la vuelta de los papeles al portafolios, y esperaba a Raquel y a Víctor, dos compañeros suyos casi tan enamorados entre sí como del arte fino. Se adentraban momentáneamente en el floral pasaje de los acordeones y los violines para tomar una cerveza en el bar de la cuarta esquina,pues no había otro bar para ellos, y no avanzaban demasiados metros más tras esto hasta que se despedían rumbo a la acogedora soledad de sus hogares.

De la sucesión de días felices señalamos cierto día que Juan debía hacer escala en el apartamento de la pareja para recoger una vieja paleta que creía perdida. La ilusión que le hacía se reflejaba no solo en sus ojos, también en sus pasos, ahora inquietos, y en su sonrisa, que aunque nunca desaparecida, pocas veces mostraba tan bien sus dientes como este día. Le molestaba algo quizá el andar lento de sus amigos, que parecían más interesados en demostrar a la calle que no les avergüenza su amor que en el pobre Juan. A pesar de todo esto, lo comprendía.

Casi a mitad de camino, la voz de Víctor cortó el ambiente. “¡Hay que ver lo que se parece ese hombre a Juan!”. Raquel giró la cabeza, adecuando en paralelo su mirada con la de Víctor y corroborando inmediatamente la afirmación de su novio. Juan, que caminaba despistado, se tornó instantes después, vislumbrando los rasgos más notables de su teórica imitación, que ahora se adentraba en un portal, y sintiendo el escalofrío más horrible que jamás antes había recorrido su cuerpo.
Unas lágrimas bailaron sobre sus mejillas, al tiempo que un agudo dolor en el pecho derribaba su espíritu y le hacía buscar la proximidad del suelo. Apenas podía respirar, sin embargo, lejos de enrojecer, palideció. Raquel y Víctor contemplaban aterrados la escena.

Víctor se acercó rápidamente a Juan, aún de rodillas en la acera, y preguntó, pero ninguna respuesta parecía indicar que el joven se encontrara bien. Raquel mientras pedía ayuda a voces, y un par de hombres y una mujer ya se estaban acercando cuando Juan se incorporó otra vez, balanceando la cabeza y asegurando el equilibrio con las manos apoyadas en una mesa hecha por mimos expertos. Aseguró haberse recuperado, dijo que había sido un simple mareo, y siguieron su marcha. Toda felicidad del rostro de Juan se había desvanecido como un trazo de acuarela, siendo perfectamente consciente del porqué; aquel hombre no se parecía a él, aquel hombre era él. Pasó el resto del trayecto evitando las preguntas de sus compañeros acerca de su estado, y una vez tuvo su vieja paleta, regresó, buscando explicación a los síntomas físicos que acompañaron su golpe emocional... pero no la encontró. 

Su apartamento se alojaba en el tercer piso de un viejo bloque de cuatro, letra H, fachada beige y puerta de espejos protegida por una rejilla metálica. Todo escaleras, ningún alma cerca, ningún sonido. Ojalá en lugar de pinturas en su mochila llevara una flauta, debió pensar. Pasada la puerta que solo cedía con un cariñoso empujón, a la derecha estaba su santuario. Un gran ventanal, una vasta mesa, estanterías llenas de Cernuda, de Alberti, Bécquer, Calderón y muchos otros grandes literarios con los que gustoso habría compartido sus cervezas en el bar de la cuarta esquina. Algunos de los libros estaban por el suelo, o entre lienzos, o sobre la cama, o debajo de ella, formando parte del magnífico desorden intrínseco de todo artista que se precie. Las paredes apenas se veían; estaban cubiertas por una infinidad de paisajes y una infinidad de escenas románticas que ocultaban perfectamente que Juan no había conocido el amor más que de vista. Sin embargo, el suelo no terminaba de convencerle; Juan tenía la idea de que el suelo del estudio de un artista debía ser de cálida y acogedora madera, y no de frío y estéril mármol, mas como ya se ha comentado, paredes y suelo se encubrían tras sus aficiones.

Colocó mochila y carpeta en sus respectivos sitios (cualesquiera), y se dejó caer sobre la blanca y mullida colcha de su cama, durmiéndose casi al instante.

Un par de vueltas de la aguja larga del reloj después, Juan volvía a la carga, con unas ganas de vivir impropias de un recién despertado. Apartó con violencia las translúcidas cortinas, contempló las vistas, cargó de inspiración sus pensamientos, se dirigió al caballete y cuando tocó la punta del pincel el blanco, no sabía qué hacer. 

Era la primera vez que le pasaba, mas no desesperó. Hizo el mismo ritual que de costumbre, mirar a través del ventanal y correr la vista al marco, pero no dio resultado. Ni a la tercera, ni a la cuarta, ni a la quinta. Su respiración se aceleraba, su pulso se disparaba, y el sudor de sus manos apenas le permitía agarrar la madera. 

Decidió salir al bulevar de los olmos, los cerezos, los pajarillos y la música callejera. Ante el primero que tocaba la Mademoiselle de París, su canción favorita, quiso sacar de su bolsillo monedas pero ninguna apareció. Era un día bastante inusual, no solo para el entorno de Juan. 

Para ser las seis de la tarde, por el bulevar transitaban demasiadas personas al compás de la esencia parisina. Cesó en su cabeza la música súbitamente, entre la muchedumbre de andares lentos que venía de la nada y en ella desvanecía, creyó distinguir de nuevo la amarga silueta de su desafortunado doble, pero sin poder de nuevo, distinguir su rostro. Rompió una vez más el llanto leve, y de nuevo el dolor a la altura del esternón, la dificultad para respirar y con ella el agobio, la tensión y el mareo. Esta vez se apoyó en uno de los árboles, impidiendo con ello caer al suelo y agitar la multitud. Recuperó la seguridad de sus movimientos y corrió hacia su apartamento y hacia su lecho, donde cerró los ojos confiando en que todo era una triste pesadilla.

Sonó el inoportuno despertador de sus días tranquilos a las ocho menos cuarto de la mañana. Por suerte no recordó nada del día anterior, se duchó, bebió el café con cuyo color identificaba el amanecer en sus pinturas, tomó un puñado de monedas y emprendió ensimismado la ruta de los deleites artísticos. Cuando alcanzó el cerezo en el que la tarde anterior había dejado caer su vida, la imagen del doble regresó a su asustadiza mente, echando la vista atrás con tan mala fortuna que encontró al azote de su calma, caminando lentamente con la cabeza baja.

Juan se convirtió en pintor atleta; corrió, saltó fuentes, vallas, esquivó personas y a cada ojeada a un paisaje no frontal se convertía en el acento del dolor de su pecho y el ahogo de su garganta, pues en cada rincón, en cada acera, en cada tienda de los portales que acotaban el bulevar discernía a la copia de sí mismo.

Llegó con el suficiente tiempo a la facultad como para poder ir a la biblioteca y allí con suerte, consultar en los libros algo acerca de los dobles. La biblioteca, sitio familiar para Juan, hoy se tornaba inexpugnable, un laberinto de altos muros que atrapaban su ansia por librarse de esta maldición que le perseguía. 

Encontró numerosos libros sobre imitación, todo orientado al mundo artístico, que en otro tiempo habría valorado y respetado, pero que hoy solo le servían para perder el tiempo. Buscó en internet, en los ordenadores de préstamo, mas todo lo que vinculaba con su deseo tenía más que ver con la genética y la probabilidad que con el macabro asunto que envolvía al joven artista. 

Olvidó la prisa por guardar su pupitre, e incluso por asistir a clase. Preguntó al hombre mayor que estaba a cargo de toda la colección de páginas por libros acerca de dobles de personas, indicándole el esoterismo del asunto. 

Recapacitó el señor de barba lacia y blanca, coronado por más pelo blanco a modo de irónica victoria sobre el transcurrir de los años, y se dirigió sin decir una palabra a la habitación que custodiaba la puerta que había detrás de él. Cerró con cuidado la misma, no dejando ver prácticamente nada de su interior, y pasados veinte minutos emergió, dejando en el mostrador de madera granate un libro llamado Historias sobre la muerte súbita. La mano derecha de Juan se había posado en la polvorienta portada del libro cuando la voz grave y familiar del bibliotecario estableció que tenía prohibidísimo sacar el libro fuera de la biblioteca. 

Ignoró el paso del tiempo Juan mientras buscaba durante horas sentado en una de las mesas solitarias del fondo del edificio algo en el grueso tomo relacionado con sus miedos…
La respuesta recibía el nombre de “Dopplegänger”, un vocablo alemán que define al doble fantasmagórico de una persona. 


“<Dopplegänger siempre camina del lado de nuestro mundo, vagando por la infinidad de la tierra, perdido, buscando a su gemelo.> … <Dopplegänger augura la muerte> … <un dopplegänger visto por amigos o familiares presagia el fin de la bonanza, la llegada de la enfermedad, del dolor, de la mala suerte. Un dopplegänger visto por uno mismo hace de los presagios una realidad inminente> … <El que ve los ojos al dopplegänger, es que va a  morir>.”


Los temblores apenas dejaban a Juan pasar las páginas. Era tal el miedo que sentía que había olvidado por completo a Raquel y Víctor, se había olvidado de la comida y de la cabezada de las tres en punto. 



“<No es posible huir del dopplegänger, igual que no se puede huir de uno mismo> … <Una vez se ha cantado el fin de los días en los ojos oscuros del dopplegänger, la muerte espera con la soga en la mano al que sobra del mundo de los vivos.>"

Tragó con mucho esfuerzo la amargura de su piel y de su alma, dejó el libro sobre el mostrador y ocultando sus lágrimas, se abrió paso entre la melancolía del atardecer a toda prisa hacia su apartamento, sufriendo por cada reflejo en las ventanas de los coches, en cada fuente, en cada color metalizado, en cada escaparate, cristal, en los espejos de la puerta de su edificio. Ya en su habitación, cerró las cortinas, vació y rompió las botellas, el cristal de la mesa de la salita y los espejos de la entrada y del cuarto de baño.

Volvió al estudio y, tras apretarse la parte frontal de la cabeza con las manos como el que escucha un ruido estridente, trató de pintar recuerdos alegres. Muy a su pesar, del lienzo solo salían figuras negras, deformes y monstruosas, rostros sinuosos, criaturas de extremidades retorcidas y ojos oscuros de cuya mirada ningún alma escapaba, folio tras folio, hasta que yació dormido en el mármol.
Pasaban los días fuera del abismo insondable en el que se sumía el apartamento a tres pisos sobre el suelo. Raquel y Víctor se extrañaban cada vez más por su repentina ausencia, por no contestar las llamadas y por no dar señales de vida.

Al sexto, acudieron al pequeño agujero de su amigo. No les fue difícil entrar en el edificio, pero no así al tercero H del mismo bloque. Por más que golpeaban y gritaban su nombre, nadie abría la puerta. El ruido debió alentar a uno de sus vecinos, que sacó una copia de la llave y permitió a los muchachos entrar. Se oía una voz sorda: “Ya no puedes verme…” que se repetía incesantemente, proveniente del estudio. Caminaron con cuidado entre los cristales rotos del gran espejo del recibidor y abrieron con cautela la blanca puerta del estudio, encontrándose con el espanto de ver a Juan apoyado en la pared, rodeado de cuadros que asustarían al mismísimo demonio y despojado de su don, pues se había arrancado los ojos.



En las vastas praderas de tu cuerpo volátil
tantea con sigilo el recuerdo desnudo,
en tus nubes (oh, tus nubes), y en tu viento frágil
habita escondido el tiempo por intruso,
alimentando tus rizos de algodón, que es catarsis,
cuando bailan tus siluetas al compás del mundo.

¿Quién te robó las auroras, Saturno?

Cientos, miles, miles de cientos, cientos de miles,
donde aire, libertad y persona éramos uno,
¡y cuánto me hablaste de sueños imposibles!
Pero yo no quiero dejar de verte, amor difuso,
yo quiero ser feliz perdiéndome en tus colchones,
quiero seguir pintando tu amanecer claroscuro...

¿Dónde perdiste mi anillo, Saturno?

Quiero huir a ti, trotamundos,
de todas las miradas con las que la soledad irónica condena,
quiero llevar mis noches en vela a tus noches sin fruto,
cumplir mi dolor, saciar mi pena que es tu pena,
dejar pasar esta vida entre cortinas de humo
y no separarme de ti, aunque por ello fenezca.

Tú, locus amoenus, Saturno.



Hoy ni soy yo ni llego a ser nada,
hoy soy como la sombra que arrojaban
nuestros besos los domingos por la mañana;
hoy soy olvido, una ilusión muerta,
hoy soy el ayer, hoy soy un fantasma.

Y para ti ser un fantasma es ser libre,
ser rey y soberano de una vida sin paredes,
y para mí ser un fantasma es ser preso
de una carcel de recuerdos y voluntades
que se estorban con los rezagados meses.

De ceñirte, y no ser brazos,
de rozarte, y no ser piel,
de besarte, de llevarte,
y no ser labios, no ser riel,
de quererte calentar, y no ser manta,
de quererte completar, y ser carencia...

Os juro una vez fui de luz,
 y hoy,  soy de ausencia.



Se oyen sus lamentos rompiendo kilómetros
[y kilómetros de tierra.
Tierra fría, estéril y dura, tierra seca de la espuma
[de los mares y de la vida caduca.
Y luego atraviesan la niebla como una cortina
de luz negra amanecer, desordenando la conciencia.
Porque ellos no armonizan sino con ver a su amor
[pintado del mismo negro,
y se adaptan a caminar por este suelo sin huellas,
por este frío sin invierno, por la sombra,
y a recibir las caricias de un grotesco gusano
[que les cuelga de la boca.
¿Mas qué le es dado por su paciencia?
El olvido. Migrar por los ríos de la memoria
como una gota de pena que se funde en la
inmensidad de una corriente indiferente
que los conduce a la historia. Una gota
olvidada para siempre, marchita como hoja
podrida conmovida en brazos de las ánimas,
y que sin embargo, ama, y amará durante siglos;
pues no es extraño de los muertos
amar más que los vivos.



Cómo iba él a haberse imaginado
un final más trágico y raro,
después de todo lo que había querido,
después de tanto que había amado.

De amor le dolía todo, desde el alma
a las pestañas, y le pesaba tanto bien
que apenas pudo subir al estrado
donde debía recordar su último ensayo.

Se engañó, se dijo que no estaba allí por ella,
pero los ojos que tenía enfrente ahogaban
sus mentiras, que eran menos fuertes que sus brazos.
¿qué hacer con los silencios guardados,
con esos labios que no sabían dar sino palabras
y las cartas que un día quemó por vergüenza?

Nada.

Pensó en la otra ella y en sus ojos de hiedra,
en su frente blanca y pulida por el llanto
de los hombres muertos en primavera,
en sus manos heladas, y en la promesa yerma:
¿acaso iba a ser ahora el silencio mayor pena?

Se aferró al valor que no le flaqueó
para dar una patada a la silla de madera,
quedando colgado del cuello en mitad de la estancia,
estancia de silencio donde nuevamente,
había decidido agotar su existencia. 



Dichoso es aquel que huele una poesía,
aquel que sabe que las palabras solo
cuentan mitad de lo que está escrito.

A esos pido perdón si este verso está torcido,
o si la rima se me escapó entre fugaces
soplos de aire enrarecido, jugando
a que la persiga entre las hojas
de los mares y entre sus sombras.

Pero vosotros me entendéis y claro,
es que estos versos huelen a alcohol;
y es por eso que olvidé lo que digo,
qué demonios hago en la cuarta
calle de la tercera estrofa, y qué
será lo que he bebido.

Ni la boca me sabe a Jack Daniel's
ni esto tiene pinta de Vodka negro.
Sabe quizá a tu colonia, o a tus botas de cuero,
o a los versos y los besos que guardas
en el tintero:

Esos que un día escribirás
con tu pluma de piel en unos huesos,
y que olerán a hiel, a amor y a sexo.




Tarde

Tarde como tarde llega la cura al enfermo
llegaron tus palabras sobre el viento del invierno.
Tarde como tarde llegó la Luna a su cita
con el tímido sol de cada enero,
llegaron tus lágrimas a apagar las llamas del infierno.
Tarde llegaron tus ternezas y tus mejillas sonrojadas
como tarde llegan los consejos en las noches
enmarañadas por la soledad y el recuerdo;
tarde, pero tan tarde, que ya estaba muerto.  



“¿Qué es lo que habrá en el baúl de los recuerdos?” fue la cantinela usada para que el pie se deslizara entre las ropas deshechas de una cama sin amor y se posara repetidas veces sobre el suelo más frío de un invierno de nieves sin tregua ni estufa, buscando a ciegas las andinas juguetonas que cada noche emigraban a un lugar nuevo del cuarto. Una vez encontrada la primera levanté mitad de mi cuerpo, que pesaba dos, tres, cuatro veces más que cualquier otro amanecer y frotando ridículamente el pie en su huequecito de paño el otro hizo lo propio.

Entre descoordinados movimientos despejé mis ojos, armándolos contra el cruel fogonazo que eclipsaría las paredes de la estancia ahora sombría, revelador de una bombilla solitaria que vacila en el techo aguardando mi desgracia y caminé. Caminé casi agachado por el peso de la gravedad y de la culpa de no puedo saber qué y llegué a aquel mueble empolvado por el incansable paso del tiempo y de mi pereza y conté hasta tres recorriendo los pomos metálicos desde arriba, uno tras otro, hasta llegar a donde se encontraban los recuerdos.
Tomé aire, cerré y apreté firme los ojos para después volverlo a hacer y tener clara la mirada ante lo que una vez guardé por razones de las que ahora sentiría lástima, miedo, rabia. Tomé bien los pomos, haciendo fuerza previamente hacia arriba y no hacia fuera, porque a veces los recuerdos pesan más que duelen, deshice mi andada hacia la cama agarrando aquel cajón de madera de roble que ahora contrastaba con la equidad del asustado mueble.
Perdí el equilibrio y fui a parar donde dormía la colcha, víctima de una batalla ficticia de mí con ella, con ella mi sueño, con ella mi nada. Sacudí como un perro herido la cabeza, sintiendo compasión de mi torpeza y de mis ganas, librándome del miedo que quizá debería sentir anidado en mi pecho y antes de enmendar mi ruta hacia el olvido vi a aquello salir.
No era una sombra porque las sombras dejan ver a través de ellas; era una tela humanoide negra, rasgada brutalmente en todos sus contornos y que levitaba por el aire gélido de mi ya conocido invierno. Y ya conocéis el miedo, no necesita de nada, de nadie, el miedo genera el miedo, y esa tela se hizo el mío. La luz se atenuaba al compás de aquella metamorfosis macabra por la que un siniestro fantasma se convertía en lo que siempre había llamado yo.
Retrocedí sin considerar sillas, mesas ni artilugios a mis espaldas, perdiendo una de las zapatillas que tanto me había costado encontrar, estirando al límite la distancia entre la pared y el fantasma, que mientras permanecía asombrosamente quieto, parecía contemplar con ojos vacíos el interior de mi alma.
“¿Qué quieres?” Molesté a mí invitado, que se encontraba a la altura de los libros de Asimov, y que ante la recomposición de mi postura descendió hasta la horizontal donde se acumulaba la frescura y osado aguardó algo más por mi parte. Él conocía de primera mano mis flaquezas, los puntos de demolición de este cuerpo pesado que a duras penas se mantenía en pie, lanzando con cada mirada un grito desgarrador que evocaba a la muerte de la carne apreciada, la soledad de mi niñez agarrotada por la frivolidad de las manadas y aquel baile que nadie me concedió cuando estrené mi traje de gala. Pero yo sabía de él también, era la primera vez que me encontraba tan cerca, pero ya habíamos forcejeado por quien se quedaba con este cuerpo en la distancia y quien iba al baúl que jamás, jamás debí abrir.
A pesar de la desventaja a mi plan, su presencia no dejaba de sugerir una solución a todo el problema; era posible matarlo. Mojé los labios y sin dejar de mirarlo incliné mi esqueleto hacia abajo, hacia los restos de porcelana beige de la lamparita que presidía una mesa abandonada que se interpuso en mi huida de aquella aterradora tela negra. Sin dudarlo me abalancé con la pieza al descubierto en la mano derecha y mientras pasaban esos infinitos instantes en el que el cerebro ha dado una orden y esta llega a su consecuencia, vi cómo sacaba una pieza cortante de la misma mano y simultáneamente una se clavaba en su brazo izquierdo y otra en el mío. El daño fue el mismo para ambos combatientes, yo sangraba y cada gota repetía la caída al otro lado de la habitación que de nuevo nos separaba. Y sin tiempo para el respeto lancé una segunda acometida, esta vez sin arma, al sujeto paciente que se enfrentaba sin prisa a mí entre mis cuatro paredes blancas iluminadas por una luz vieja que las pintaba de color hueso, color muerte. Y el resultado no fue diferente; repitió mi salvaje embestida pero más tarde, como si no le sorprendiese en absoluto mi primitiva escena, como si no le importase lo más mínimo su, nuestra, vida.
Quizá fue que no froté bien mis ojos al despegarme de la cama, o que nunca los he tenido abiertos después de todo, que avancé hacia el fantasma, repitiendo él mis pisadas, y en la mitad de tiempo previsto vi su cara, vi mi cara, y a cada respirar palpitante mío él devolvía un aliento de aire que ante mi incredulidad no estaba frío, sino caliente. Y di un paso más con los ojos cerrados y llorosos, descalzo totalmente y con heridas abiertas que dolían más que mil espadas en la garganta. Pero para entonces el odio no era tan de color oscuro; deshice la curvatura del cuello y con espasmos veloces desde los tobillos hasta los costados también el del cuerpo. Y ya no estaba. ¿Quién de los dos? No puedo estar seguro.



Naciste entre las flores
más bonitas de la primavera,
entre las lunas y los soles
del pasto de una rivera,
¿quién te iba a decir a ti,
soñador lleno de vida,
que serías sexto de la siesta
de algún día?
Sabes que no es un sueño esta vez
porque ese hierro te quema,
y se te clava cada astilla
de las tablas de las barreras.
Yo te pido entre sollozos
que no sueñes con tu manada,
que comprendas por favor
que no tienes que demostrar nada;
tú tienes más valor
que los ciegos de las gradas
y mucha más sangre
de la que por tu honor derramas.
Soñador, esta no es tu batalla,
tú entraste ya muerto
a la arena de esta plaza,
si no alcanzabas antes los pájaros
hoy no vas a tener alas,
y tu precioso traje negro
no te protege de las espadas.
Pero piensa sí, animal,
que tu bravura
hace llorar a otras miradas,
las de soñadores como tú que,
aunque no te prometan 
colinas más altas,
te juran que detendrán
al que impidió que tú soñaras.





Piensa en el “sí” y en el “no”. Si me dices que es imposible abarcar mentalmente todo lo que supone cada miserable par de letras vas por muy buen camino. Si así es, te ruego contraigas el extenso plano a la circunferencia que engloba a “sí” y a “no” como respuestas a ciertas preguntas.
No es necesario remachar demasiado el antagonismo que los enfrenta, pero sí habría que señalar su parentesco. “Sí” y “no” son gemelos, uno formado a partir de la negación de la esencia del otro, pero no sería justo decir que uno es el bueno y otro es el malo; todo depende de la pregunta  y en última instancia, de preguntante y preguntado.
No parece haber lugar para la duda, sin embargo, cuando se afirma que son mutuamente excluyentes. Uno u otro, vida o muerte, hombre o mujer. Pero es que se dejó la lógica algunos cabos sueltos en los libros, en uno de los cuales se encontraba la respuesta “sí y no”.
En menudo lío nos hemos metido, y, como me sugirieron las palabras de una matemática, en este caso lo que podemos hacer es ponerle nombre y negarnos a dejar de creer en su existencia. Venga, vamos a unir matemáticas y literatura (si es que no estaban ya unidas de mala manera lo suficiente) y vamos a llamar a estas respuestas “las respuestas complejas”.
Un perfectísimo ejemplo; “¿puedes hacer el amor con alguien que no te ama?”. ¿Qué responderías? Claro, no iba a ser de otra forma, “sí y no”. La “y” no debe pasar inadvertida, pues sin ella nada de esto tendría sentido; es el conector entre la parte real y la parte imaginaria. La parte real de la respuesta versa sobre el acto sexual de forma inequívoca, algo más que posible. La parte imaginaria goza de mayor libertad; se mueve en los inexplorados bosques de la razón humana, en un eje en el cual todo lo que sabemos es ridículo. Y aquí es cuando los enamorados que habéis aprehendido ya el concepto tenéis que pararme, porque estropearía el texto escribiendo una perfecta evidencia.
Permítaseme una analogía hasta las personas. ¿No somos realmente todos una mezcla de una persona imaginaria y una persona real, delimitadas ambas por una bellísima línea curva semejante a la polar, y las cuales se complementan de forma perfectamente armónica? Sí y no. ¿¡Cómo!? Parece contradictorio, pero me atrevo a afirmar que todas las respuestas son siempre “sí y no”. Unas veces una parte queda ignorada, suprimida, pero eso no le quita existencia…  exactamente igual pasa con nosotros mismos: podemos callar una de las dos partes.
Algo sumamente no recomendable, pues nos engañamos. Podemos tratar de pintarlo todo de negro o todo de blanco, pero nacerán lunares del otro color eventualmente. ¿Lo peor de todo? El gris. Dejen que su parte real baile con partes reales, y que su bellísima y libre parte imaginaria disfrute con otras semejantes, pero nunca y digo nunca, piensen que son iguales.



Arjé.

Mi alma se ha visto encarcelada
dentro de un vasto reloj de arena,
en el que cada minuto del día
evidencia un pedacito de tierra
espolvoreado sutilmente
sobre la grava mojada
que mientras me sepulta y ahoga
trae consigo la forma de tus pisadas.
Y ahí y solo ahí entonces
cuando la última vaharada de aire
decidirá del inhumado
si su vida o si su trance,
soy curado. Y la arena se diluye
lenta entre miradas apagadas,
reflejándote en el cristal cóncavo
de una nueva noche de emplumadas
garras de ese noctívago
que cuando te puede a alcanzar
se frena aturdido por la luz de las mañanas,
y abrasado por el sol y la ausencia
de tus palabras se vuelve a enterrar,
muriéndose hasta la tarde
para perseguirte las madrugadas.



Una noche como la de hoy se cruzaron mil palabras;
inseguridad, dudas, miedo, titubeo,
riesgo, posibilidad y tiempo, mucho tiempo.
Todas aquellas, fueron ignoradas;
sangre, pasión, locura y amor verdadero,
abrazo, verso, caricia, universo.
¿Cómo no coger el vagón del sentimiento?
Pero aquel tren que imepelía una caldera desbocada
nos llevo a tantas que jamás hubieron de ser pronunciadas;
falso, traidor, alevoso, embustero,
falaz, hipócrita, desleal, carroñero.
y ahora que me disparas con nuestras anheladas,
y ensucias mi campo con los restos del recuerdo,
te contesto yo con las que fueron olvidadas:
inseguridad, dudas, miedo, titubeo,
riesgo, posibilidad y tiempo, mucho tiempo.



A A.

Hace tiempo que vivo por ti y no vivo.
Tú, que escapas de tu cárcel de hueso
y vienes, etérea, a mi alma en pena
donde has imaginado tu nicho,
que hace tiempo que quiero quemar y no quemo,
y me fundo en ti como el horizonte en la niebla.
Hace tiempo que te olvido y te sueño
y luego muero culpable yacido en la hierba,
abriendo la mano y añorando tu pelo,
extrañando tu espalda, recordando tu esencia.
Hace tiempo que muero por gritar que te quiero,
romper dudas, cadenas de mi penitencia,
y no muero.



Sonaron las campanas del torreón y las manecillas del reloj olvidaron su celeridad para embarcarse en una parsimoniosa cuenta atrás. Las miradas se levantaron hasta el cielo, donde las pesadillas se hacían realidad, pero no eran las peores. Decía el calendario que era agosto, pero nadie pudo ignorar el vehemente frío que traía por cortesía la muerte. Las manos tocaron el suelo, los rostros, las lágrimas, y desapareció todo sonido de la atmósfera. Sin embargo, esta vez fue diferente.

Tras el colosal zumbido de las palomas mensajeras del exterminio no vinieron los aterradores silbidos de las semillas calaverescas. Abrieron los ojos creyendo haber tenido la suerte de mil hombres, ojos que contemplaron por última vez la luz del día y las paredes de su casa, el refulgir del brillo de mil soles a través de sus ventanas y las lágrimas que en sus hijos brotaban.
Una parte afortunada oyó la voz que seca las gargantas, humedece los ojos y rompe los tímpanos, la voz de la muerte. Luego no vieron nada. 
La otra tuvo el tiempo necesario para digerir su ventura, el suelo que antes protegía ahora asomaba los dientes y entre temblores sacudía los cimientos de la vida. Primero vino el fuego, luego el sonido, y más tarde lo que vino de la tierra retornó a la tierra en la forma de cenizas, tarde para nosotros, muy tarde para ellos; si los segundos asemejaban horas mientras la parca mostraba su guadaña, ahora días, mientras las llamas del infierno consumían sus entrañas. Y sin embargo, eran fracciones, fracciones de un instante feliz para las moscas que se frotaban las manos, orgullosas del Proyecto Manhattan. Se han convertido en la muerte, en la destructora de mundos.



En un lugar tan siniestro y terrorífico
como para servir su estancia en él como castigo al demonio
se encuentra mi alma.
Alumbrada por la llama cuya luz es la sombra
y custodiada por los miles de cuerpos que la muerte aguarda.
Rodeada por las calaveras de los que llamó amigos
y los carcomidos huesos que la edad arrastra.
Enterrada bajo la mirada muerta de la primavera
plasmada en el recuerdo de sus ya negras hojas,
arropada por el lamento de todo lo que era,
y sin embargo, sola. 
Y así pasará porque así está escrito
que venga alguien más a poner otra sombra,
a llevar más huesos, o a matar más hojas.
Y encontrará entre los mefítidos despojos más crueles de una vida
a mi alma atormentada con la cabeza erguida,
con costuras donde dejó marca la desgracia
y los ojos ensangrentados bañados por la rabia.
Porque mi alma no nació para conocer este miedo,
ni para estar acompañada solo por un frío silencio.
Y si el destino la mueve hacia los senderos que la luna otorga
juro ante fantasmas, recuerdos y sombras
que cortaré los hilos que su cuello ahogan,
porque no hay alma naciente para estar sola
ni caballero que se rinda cuando su desgracia asoma.



Hoy he soñado que éramos dos pájaros
viviendo en un jardín florido,
y entre las flores, tú y yo,
blancas barras de aluminio.

Casi sin saber qué hacemos
nos miramos, bailamos y cantamos,
el amor quisiera llegar,
pero no le dejamos.

Nos cegaba la infinitud de lo bello
y nos reducía a puntos.
Todo lo que nos pudiésemos amar
iba a ser ridículo. 

Sin saber bien por qué
abrí la puerta de mi abadía.
y cuando llegué a la tuya juré
que te llevaría a un lugar que no conocía,
que todo lo anterior huiría de nuestra mente,
que podríamos ser libres
y volar juntos por siempre.

"¿No te das cuenta canario mío,
que abandonaríamos a su suerte
a todo por lo que hemos luchado
y nos embarcaríamos sin duduarlo
en un camino hacia la muerte?"

Y entonces volé, volé lejos.
No podía estar de nuevo junto a tu mirada.
Me prometí todo lo que te ofrecí
para no arrepentirme de nada.

Y me encontré con todo lo contrario.
Allí no había luz ni flores ni paz,
no podía comer, cantar ni reír.
Por querer serlo más,
dejé de ser feliz. 

Las tormentas ahora me mojaban,
y bajo una entendí,
mientras a mí me bebía el agua,
que lo que hice al salir
fue entrar en otra jaula.