fina, elegante, eterna,
y qué condena para mí ser curva;
de trazos difusos, casi invisible.
Te busco, y si no te encuentro desaparezco,
y si te invento me pierdo en ti y en tu magia,
que tú tienes largo rato de eso,
y si te pido un beso,
me das teoremas (que casi ni entiendo).
Porque tú tan de dos en dos: veinte, veintidós, veinticuatro,
y yo tan de uno en uno hacia delante, dos para los lados
y para atrás cuatro,
en forzada lentitud hacia las entrañas,
a converger en algún punto muy cerca de la nada,
o a olvidarme en los complejos, mis complejos;
que dicen que realmente somos impares y pares
y cada cual vamos a un lugar distinto,
que no te lograré tocar,
ni aunque pase un infinito, o dos.
Y si eso pasa
me partiré por cero sin pensarlo,
violando y destruyendo el mundo que nos da forma,
el único mundo en el que creo,
así, si te vas al infinito,
yo,
te voy a esperar en el cero.
De todas las cosas que hay en este mundo, creo,
y digo creo porque afirmar es una cosa muy fea,
que la más complicada es escribir unos versos,
que nos maltratan en cada punto, en cada línea,
siendo derrotados hasta tres veces por ellos.
Cuando coges el folio blanco ya has perdido una vez.
Lo tomas, lo miras, te enfrentas a él.
Y ahora dime tú cómo demonios te meto aquí,
cómo encerrarte entre cuatro márgenes, si no se puede,
si a la primera palabra del texto,
ya está tu nombre por las paredes,
y mis dedos temblando tratando de acorralarte.
En el entremés de darle forma, una segunda derrota.
¿cómo va a saber alguien más que tú,
que por una línea que le escribes,
son cuatro las que le borras?
O aceptar que la idea que te sentó en la mesa,
y te hizo desenvainar tu mejor pluma
para lidiar con este poema,
ahora se resiste a terminar el desastre,
sin entender aún cómo después de desatarte,
tiene la cara de ser tan estrecha.
Y para qué hablar de cuando te encuentras con el punto y final.
Cuando lloras, cuando tienes que cerrar
otra herida que has abierto en tu piel para
sacar estos versos que parecen de magia
y que siempre gotean, recordándote en cada página,
que no has escrito lo que quisieras,
que tras tanta sangre, lucha y tregua,
has acabado teniendo que morderte la lengua,
y dejar entonces de escribir, cuando corazón, dedos y alma,
te piden que sigas con tanta fuerza,
quedando frustrado por tu escasa voluntad,
quedando insatisfecho con la verdad callada.
Pero justamente eso nos hace guardar algo de ganas
para volver a pelear y perder contra el verso y el drama,
pues algún día despertaremos y habremos ganado a la vida,
pero hasta entonces, más nos vale tener poesía.
Por querer ser matemático
puse mi colchón a la asíntota de tus tobillos,
para llegar al infinito y aún dormir contigo,
para poder tenerte cerca, tan cerca como quiera.
Por querer ser matemático
vivo perdido en el baile de tus tangentes,
buscando en la 'x' la caricia de la tarde del jueves,
siguiendo la 'y' hasta donde la vida nos deja.
Por querer ser matemático, que no es poco,
la dejo pasar entre los vaivenes de tus cosenos (¡y de tus senos!),
mientras trato de unir innumerables puntos en tus relieves
para guiarme con ellos al interior de tus sueños.
Y es que por querer ser matemático,
he viajado a los límites de tu cuerpo sin usar para ello el tacto;
desde la exponencial de tu sonrisa,
hasta el logaritmo de tus peinados.
Que por querer lo imposible de querer ser matemático
tengo el alma vacía de números que a duras penas
pueden hacerte nada:
un diez, un quince, un cuatro,
y un mil y un besos que te daría,
si no quisiera ser matemático.
Juan es un hombre medianamente alto. Mochila a cuestas,
carpeta amplia en mano, camina bajo los olmos y los cerezos del camino que
enlaza su apartamento y su facultad de bellas artes. A su paso quisiera dibujar
hasta el canto de los pajarillos, cosa que no sería del todo imposible, pues de
él se dice que tiene un don para pintar.
En las vastas praderas de tu cuerpo volátil
tantea con sigilo el recuerdo desnudo,
en tus nubes (oh, tus nubes), y en tu viento frágil
habita escondido el tiempo por intruso,
alimentando tus rizos de algodón, que es catarsis,
cuando bailan tus siluetas al compás del mundo.
¿Quién te robó las auroras, Saturno?
Cientos, miles, miles de cientos, cientos de miles,
donde aire, libertad y persona éramos uno,
¡y cuánto me hablaste de sueños imposibles!
Pero yo no quiero dejar de verte, amor difuso,
yo quiero ser feliz perdiéndome en tus colchones,
quiero seguir pintando tu amanecer claroscuro...
¿Dónde perdiste mi anillo, Saturno?
Quiero huir a ti, trotamundos,
de todas las miradas con las que la soledad irónica condena,
quiero llevar mis noches en vela a tus noches sin fruto,
cumplir mi dolor, saciar mi pena que es tu pena,
dejar pasar esta vida entre cortinas de humo
y no separarme de ti, aunque por ello fenezca.
Tú, locus amoenus, Saturno.
Hoy ni soy yo ni llego a ser nada,
hoy soy como la sombra que arrojaban
nuestros besos los domingos por la mañana;
hoy soy olvido, una ilusión muerta,
hoy soy el ayer, hoy soy un fantasma.
Y para ti ser un fantasma es ser libre,
ser rey y soberano de una vida sin paredes,
y para mí ser un fantasma es ser preso
de una carcel de recuerdos y voluntades
que se estorban con los rezagados meses.
De ceñirte, y no ser brazos,
de rozarte, y no ser piel,
de besarte, de llevarte,
y no ser labios, no ser riel,
de quererte calentar, y no ser manta,
de quererte completar, y ser carencia...
Os juro una vez fui de luz,
y hoy, soy de ausencia.
Se oyen sus lamentos rompiendo kilómetros
[y kilómetros de tierra.
Tierra fría, estéril y dura, tierra seca de la espuma
[de los mares y de la vida caduca.
Y luego atraviesan la niebla como una cortina
de luz negra amanecer, desordenando la conciencia.
Porque ellos no armonizan sino con ver a su amor
[pintado del mismo negro,
y se adaptan a caminar por este suelo sin huellas,
por este frío sin invierno, por la sombra,
y a recibir las caricias de un grotesco gusano
[que les cuelga de la boca.
¿Mas qué le es dado por su paciencia?
El olvido. Migrar por los ríos de la memoria
como una gota de pena que se funde en la
inmensidad de una corriente indiferente
que los conduce a la historia. Una gota
olvidada para siempre, marchita como hoja
podrida conmovida en brazos de las ánimas,
y que sin embargo, ama, y amará durante siglos;
pues no es extraño de los muertos
amar más que los vivos.
Cómo iba él a haberse imaginado
un final más trágico y raro,
después de todo lo que había querido,
después de tanto que había amado.
De amor le dolía todo, desde el alma
a las pestañas, y le pesaba tanto bien
que apenas pudo subir al estrado
donde debía recordar su último ensayo.
Se engañó, se dijo que no estaba allí por ella,
pero los ojos que tenía enfrente ahogaban
sus mentiras, que eran menos fuertes que sus brazos.
¿qué hacer con los silencios guardados,
con esos labios que no sabían dar sino palabras
y las cartas que un día quemó por vergüenza?
Nada.
Pensó en la otra ella y en sus ojos de hiedra,
en su frente blanca y pulida por el llanto
de los hombres muertos en primavera,
en sus manos heladas, y en la promesa yerma:
¿acaso iba a ser ahora el silencio mayor pena?
Se aferró al valor que no le flaqueó
para dar una patada a la silla de madera,
quedando colgado del cuello en mitad de la estancia,
estancia de silencio donde nuevamente,
había decidido agotar su existencia.
Dichoso es aquel que huele una poesía,
aquel que sabe que las palabras solo
cuentan mitad de lo que está escrito.
A esos pido perdón si este verso está torcido,
o si la rima se me escapó entre fugaces
soplos de aire enrarecido, jugando
a que la persiga entre las hojas
de los mares y entre sus sombras.
Pero vosotros me entendéis y claro,
es que estos versos huelen a alcohol;
y es por eso que olvidé lo que digo,
qué demonios hago en la cuarta
calle de la tercera estrofa, y qué
será lo que he bebido.
Ni la boca me sabe a Jack Daniel's
ni esto tiene pinta de Vodka negro.
Sabe quizá a tu colonia, o a tus botas de cuero,
o a los versos y los besos que guardas
en el tintero:
Esos que un día escribirás
con tu pluma de piel en unos huesos,
y que olerán a hiel, a amor y a sexo.
¶ Tarde
Tarde como tarde llega la cura al enfermo
llegaron tus palabras sobre el viento del invierno.
Tarde como tarde llegó la Luna a su cita
con el tímido sol de cada enero,
llegaron tus lágrimas a apagar las llamas del infierno.
Tarde llegaron tus ternezas y tus mejillas sonrojadas
como tarde llegan los consejos en las noches
enmarañadas por la soledad y el recuerdo;
tarde, pero tan tarde, que ya estaba muerto.
“¿Qué es lo que habrá en el baúl de los recuerdos?” fue la
cantinela usada para que el pie se deslizara entre las ropas deshechas de una
cama sin amor y se posara repetidas veces sobre el suelo más frío de un
invierno de nieves sin tregua ni estufa, buscando a ciegas las andinas
juguetonas que cada noche emigraban a un lugar nuevo del cuarto. Una vez
encontrada la primera levanté mitad de mi cuerpo, que pesaba dos, tres, cuatro
veces más que cualquier otro amanecer y frotando ridículamente el pie en su
huequecito de paño el otro hizo lo propio.
¶ Arjé.
Mi alma se ha visto encarcelada
dentro de un vasto reloj de arena,
en el que cada minuto del día
evidencia un pedacito de tierra
espolvoreado sutilmente
sobre la grava mojada
que mientras me sepulta y ahoga
trae consigo la forma de tus pisadas.
Y ahí y solo ahí entonces
cuando la última vaharada de aire
decidirá del inhumado
si su vida o si su trance,
soy curado. Y la arena se diluye
lenta entre miradas apagadas,
reflejándote en el cristal cóncavo
de una nueva noche de emplumadas
garras de ese noctívago
que cuando te puede a alcanzar
se frena aturdido por la luz de las mañanas,
y abrasado por el sol y la ausencia
de tus palabras se vuelve a enterrar,
muriéndose hasta la tarde
para perseguirte las madrugadas.
Una noche como la de hoy se cruzaron mil palabras;
inseguridad, dudas, miedo, titubeo,
riesgo, posibilidad y tiempo, mucho tiempo.
Todas aquellas, fueron ignoradas;
sangre, pasión, locura y amor verdadero,
abrazo, verso, caricia, universo.
¿Cómo no coger el vagón del sentimiento?
Pero aquel tren que imepelía una caldera desbocada
nos llevo a tantas que jamás hubieron de ser pronunciadas;
falso, traidor, alevoso, embustero,
falaz, hipócrita, desleal, carroñero.
y ahora que me disparas con nuestras anheladas,
y ensucias mi campo con los restos del recuerdo,
te contesto yo con las que fueron olvidadas:
inseguridad, dudas, miedo, titubeo,
riesgo, posibilidad y tiempo, mucho tiempo.
A A.
Hace tiempo que vivo por ti y no vivo.
Tú, que escapas de tu cárcel de hueso
y vienes, etérea, a mi alma en pena
donde has imaginado tu nicho,
que hace tiempo que quiero quemar y no quemo,
y me fundo en ti como el horizonte en la niebla.
Hace tiempo que te olvido y te sueño
y luego muero culpable yacido en la hierba,
abriendo la mano y añorando tu pelo,
extrañando tu espalda, recordando tu esencia.
Hace tiempo que muero por gritar que te quiero,
romper dudas, cadenas de mi penitencia,
y no muero.
Sonaron las campanas del torreón y las manecillas del reloj olvidaron su celeridad para embarcarse en una parsimoniosa cuenta atrás. Las miradas se levantaron hasta el cielo, donde las pesadillas se hacían realidad, pero no eran las peores. Decía el calendario que era agosto, pero nadie pudo ignorar el vehemente frío que traía por cortesía la muerte. Las manos tocaron el suelo, los rostros, las lágrimas, y desapareció todo sonido de la atmósfera. Sin embargo, esta vez fue diferente.
En un lugar tan siniestro y terrorífico
como para servir su estancia en él como castigo al demonio
se encuentra mi alma.
Alumbrada por la llama cuya luz es la sombra
y custodiada por los miles de cuerpos que la muerte aguarda.
Rodeada por las calaveras de los que llamó amigos
y los carcomidos huesos que la edad arrastra.
Enterrada bajo la mirada muerta de la primavera
plasmada en el recuerdo de sus ya negras hojas,
arropada por el lamento de todo lo que era,
y sin embargo, sola.
Y así pasará porque así está escrito
que venga alguien más a poner otra sombra,
a llevar más huesos, o a matar más hojas.
Y encontrará entre los mefítidos despojos más crueles de una vida
a mi alma atormentada con la cabeza erguida,
con costuras donde dejó marca la desgracia
y los ojos ensangrentados bañados por la rabia.
Porque mi alma no nació para conocer este miedo,
ni para estar acompañada solo por un frío silencio.
Y si el destino la mueve hacia los senderos que la luna otorga
juro ante fantasmas, recuerdos y sombras
que cortaré los hilos que su cuello ahogan,
porque no hay alma naciente para estar sola
ni caballero que se rinda cuando su desgracia asoma.
